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La chica de la quinta

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Un cumpleaños sirvió como lema para recordar una amistad.

El evento del vigésimo primer aniversario de la Quinta do Revoredo, en Santa Cruz, recientemente fue señalada por una charla cuyo lema era recordar la fundación de la primera Casa de la Cultura en el archipiélago de Madeira, única en su género, en el que se abordó los desafíos inherentes y las dificultades de una época de restricciones financieras públicas, disputas externas e internas, institucionales y otros en contra de la compra de una propiedad dedicada exclusivamente a la cultura, una aberración como muchos pensaban, y fue también la recuperación de recuerdos sobre ese hermoso lugar frente al mar.

Toda esa charla resultó tener el poder de hacer sumergir mis propios afectos, me recordé a la chica de la quinta, como le llamava, que veia a diario, en las vacaciones de verano, desde el pontón de la playa de las Palmeras salir por una de las puertas de acceso hacia las piedras para bucear en las aguas azules del mar. Me imaginaba lo maravilloso que sería vivir en esa casa misteriosa aferrada a las rocas, como desafiando a las fuerzas del océano, rodeada de dragos mágicos y otros árboles centenarios donde se podrían vivir mil y una aventuras. Hasta que un día el destino me introduciría a esta chica, que venia de la lejana Sudáfrica y de este encuentro nació una amistad y aunque ella no vivía más en la Quinta do Revoredo decidimos en la noche de fin de año, yo, ella y mi hermano hacer una última visita a lo que era sólo su casa.

A finales de los años ochenta, el edificio fue objeto de una profunda intervención arquitectónica y había un andamio que venía de la parte superior de la pared a lo que es actualmente la piscina mayor de la playa y en lo que decidí llamar un brote de inconsciencia juvenil, comence a subir el tubo donde el cemento deslizaba ante la mirada perpleja de mi hermano y los gestos suplicantes para descender de mi nueva amiga. Gradualmente fui escalando con miedo y cuando llegué a la cima, casi incrédula con mi propia audacia, debo añadir, grite conlos pulmones bien llenos que no iba a salir y tenían que venir a buscarme y así fue, uno a uno, más o menos molestos mis compañeros siguieron mi ejemplo peligroso. La risa y la alegría eufórica de alivio se hizo eco a través de la noche para celebrar el comienzo auspicioso de esta nuestra aventura. Después de recuperar el aliento, frente a la fachada principal del edificio un pequeño empujón fue todo lo suficiente para que la puerta se abriría y entramos a un espacio casi irreconocible, algo decepcionante, lleno de materiales de construcción y los residuos. Sin más, subimos a la primera planta, donde la chica de la quinta sirvió como guía, mostrandónos su antigua habitación, el dormitorio de sus padres y de su hermana que no conocía entonces y ya no vivía con ella, la sala de estar y la antigua cocina. Fue un viaje atrás en el tiempo que le recordó los días de ocio en el que jugaban en los jardines de la finca embaladas por el canto constante de los pájaros y la brisa cargada con sal que pasaba por el follaje de los árboles frondosos. Durante las noches tormentosas, a diferencia de otros niños, en lugar de contar ovejas para dormirse, contaban las olas rompiendo contra la pared para combatir la insomnia. También recordó el joven solitario que parecía siempre a tocar canciones tristes en su guitarra sólo en luna llena y los suspiros bien audibles de los amantes y otras parejas más extrañas que buscanban la oscuridad de las rocas que con frecuencia fueron expulsados por su padre, por razones obvias . Ya el amanecer amenazaba romperse cuando decidimos terminar nuestro recorrido y nos fuimos a través de la otra pared que daba a la calle principal, pero no antes sin lanzar una última sonrisa para que ya no era un lugar lleno de misterios, sino más bien lo que se convirtió en una de las páginas del memorial de una amistad. Feliz cumpleaños Quinta do Revoredo!

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